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domingo, 30 de marzo de 2008



ME MOLESTA EL "CHICO"
Nítida es la desazón que acongoja a Alexis, el calameño, que se deja ver después de manifestar a Sausalito su rechazo total y repentino al apelativo que le ha sido propio por años de estadía: “Chico Seba”. Esto ha sido motivo de revuelo, ya que más del 78% de los estudiantes de la facultad conocían a Sebastián Calderón bajo este pseudónimo, un 25% bajo otros apodos, y el porcentaje restante, no lo conocía. Pero ¿De dónde proviene este apelativo? ¿Cuáles son los antecedentes históricos de aquel nominativo? La respuesta, sin mayor sorpresa, proviene desde un solo criminal: Sebastián Olave, tocayo e íntimo de nuestro compañero de origen altiplánico. Fue él, quien también es conocido por otorgar el alias de “Místico” a Místico, quien dio a Calderón aquel apodo, defendiendo la premisa de que sólo había espacio para un Sebastián en nuestras aulas.

Esto se convirtió en una contrariedad para los editores de “El Blog de Chico Seba” o “Las Últimas de Chico Seba” quienes vieron comprometida su identidad en la red debido a los antojos inesperados del cobrizo colega. Los reparos no acabaron en la reyerta sobre el nuevo nombre del blog, sino también en los conflictos ético-políticos de la difamación virtual que culminaron con la escisión editorial, evidenciando así en el sitio web un periodismo que abogaba por los deltoides de Rolando versus a otro preocupado del narcotráfico del Oso Zucosos. Surgieron tentativas de llamar a Alexis con otros apelativos, como “Calama”, “Calamita”, “Shopenhauer”, “Hot Tuiti”, y otros bastante curiosos y ofensivos creados al alero de la entelequia de Carlos Canelo. La respuesta de Calderón fue negativa a aquellas posibilidades, las relaciones estaban rotas. El llanto inundó nuestra cofradía y sin más ni más, una era de la desinformación había acabado, todo por la ambición de un septentrional que anhelaba solo para él las divisas del otrora mejor blog del mundo.


Así es como nace Emancípalo, en donde el cotilleo se da una nueva oportunidad a sí mismo, dejando atrás los vejámenes de los sobrenombres –no es cierto- y pregonando la vuelta de la desidia en esplendor.

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